La paz duradera condicionada: Estados Unidos ataca Irán y el tablero geopolítico se subordina a las urnas
Desencuentros — Por Bryan Ramírez Huerta
Hay tableros donde la chequera de los costos humanos se paga por adelantado, y luego está Medio Oriente, donde las fichas se mueven con la precisión milimétrica de un calendario electoral que queda a miles de kilómetros de las ruinas. El reciente embate de Estados Unidos contra objetivos en Irán no responde únicamente a la lógica de la disuasión militar o al eterno ajedrez de la seguridad global; responde, con una crudeza alarmante, a la ingeniería del poder interno.
La paz duradera —ese concepto etéreo que los discursos oficiales manosean en cada cumbre internacional— hoy luce más lejana que nunca porque, simplemente, no es negocio electoral. En Washington, la administración en turno ha optado por estirar el chicle de la tensión contenida. La narrativa del enemigo exterior se administra con cuentagotas estratégico, calculando los tiempos políticos para que la resolución de conflictos o la escalada controlada coincidan peligrosamente con el umbral de las elecciones intermedias. La diplomacia se vuelve rehén de los sondeos de opinión y el pulso de la confrontación se acelera o se frena según convenga para movilizar bases partidistas.
El cálculo es tan maquiavélico como frágil. Mostrar una postura de fuerza inquebrantable alimenta el nacionalismo de trinchera y desvía la atención de los flancos económicos domésticos. Sin embargo, jugar con fuego en el Golfo Pérsico bajo la premisa de que se tienen controlados los tiempos del reloj electoral es una apuesta suicida. Las crisis geopolíticas tienen vida propia; no entienden de calendarios legislativos ni respetan las fechas de boletas en las urnas.
Cuando la política exterior se subordina a la mercadotecnia electoral, el riesgo sistémico se dispara exponencialmente. Alargar artificialmente la incertidumbre y postergar los acuerdos de paz verdaderos transforma a la estabilidad global en una moneda de cambio temporal. Y el problema de jugar con cerillos cerca del polvorín es que, cuando el fuego finalmente se sale de control, ningún cálculo de gabinete sirve para apagarlo.
Y ese juego geopolítico-electoral y de especulación bursátil, ya conoce Irán cómo desestabilizarlo, sabe que el enemigo no desea la paz, solo prolongar el tiempo por ahora, y esa volatilidad le cuesta a todas las inversiones a nivel global.
Hasta la próxima semana en un Desencuentro más, ya en el mes de septiembre.